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Hace catorce meses comencé mi primer curso de monólogos en @universoperformart dejándome llevar por la recomendación de mi amigo Jose. Él era mi compañero y desde entonces le he ido hablando sobre mis avances y retrocesos. Le contaba sobre mis dificultades para escribir y sobre el miedo que me invadía al pensar en salir al escenario.

Una de las últimas veces le decía:

Brother, me da mucha vergüenza leer mis avances en clase, incluso minutos antes de que me toque, pienso: ¿qué chucha haces aquí? ¿quién te ha dicho que eres graciosa? no se van a reír, o sí, pero de ti, de lo mal que escribes, de lo mal que haces un gag, de tu falta de remates. Incluso una vez se me cruzó por la mente salir de la clase corriendo justo antes de leer lo que había escrito.

Y Jose me sonrió y dijo:

¡Ah!!! Gely, te pasa lo que a todos, te voy a contar el cuento del gato….

El gato del cuento era una herramienta, pero yo ahora asocio el miedo al no con un minino. La figura de este animal se me viene veloz a la mente cuando me comienza a invadir el miedo. Me pareció un cuento muy chévere y de gran aprendizaje. Es verdad que a veces nos perdemos grandes experiencias de la vida por no intentar.

A mí me tomó más de un año disminuir al gato. Cuando empecé llevaba poco más de un año viviendo en Barcelona, acababa de comenzar un curso de improvisación teatral y me había decidido recién a probar más cosas que me gustan. Estaba decidida, pero veía gatos por todas partes.

En Lima, donde viví once años hay hasta un parque para los gatos, hice un taller de crónicas, otro de dramaturgia, otro de contar anécdotas y aquí uno de guión. Buscaba, me doy cuenta ahora, un lugar para decir, un formato en el que pueda expresarme y pasarla bien haciéndolo. Lo encontré con los monólogos, pero no me atrevía por completo. Miau. Escribía muy poco, postergaba, rehuía, me gustaba mucho la idea de salir al escenario con un texto propio y saber qué se siente hacer reír a los demás, en serio, digo, con premeditación, alevosía y ventaja no por un lapsus o gesto involuntario gracioso. Pero no lo lograba concretar, había conocido al gato y hasta me caía bien.

Luego interrumpí las clases al mismo tiempo que seguía soñando con mi primer texto y salir al escenario. Este año las retomé y comencé a escribir, recuperé viejos apuntes y me enfrenté, finalmente, al gato (que cada vez me traía argumentos distintos, me decía que no haga nada, que no pierda mi tiempo, que no vale la pena, que no tendré éxito). Se me apareció en la primera línea escrita, en la primera vez que leí un párrafo en clase, en la segunda un poco menos, en la tercera menos, volvió a aparecer cuando leí mi texto a compañeros que no conocía, luego poco a poco se fue difuminando. Así, escribí, leí, edité, probé, edité y el mismo día de mi primera gala se me apareció de nuevo, enorme, hermoso, con enormes ojos, muy seductor y dispuesto a no dejarme probar. Lo miré de frente, no dejé de sostenerle la mirada hasta que se empequeñeció. Ahí, con el minino chiquitito pude por fin, pararme en el escenario y disfrutar.

No sé cómo describir exactamente qué sentí en ese momento, solo sé que vi al público, después de casi perder la vista con el foco gigante que te ponen en el Medi, y comencé a decir. Tal vez me relajé ante el nuevo tamaño del gato o tal vez ni pensé en él, pero fui yo y me encantó.

Ahora tengo muchas ganas de seguir, de escribir más cosas y de seguir probando, el gato sigue chiquitasho y tengo que aprovechar 😉

pd: Se necesita ayuda para combatir al gato y yo necesité mucha. Quiero agradecerles a todos, pero mencionaré a los que me vienen más pronto a la mente. Gracias, Pep, Jose, Marianne, Eileen, Joan y muchisísisisisisimas y especiales gracias a ti, Manu, no es fácil reducir a los gatos de todos los alumnos y tú eres un gran y necesario aliado para esto.

texto de @gelybr4
audio de @josehiguera