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«Es que no tengo gracia» (yo mientras dudaba)… muchas son las excusas que utilizamos para mantenernos alejados de nuestros sueños ¿Seremos tontos? No, solo tenemos miedos. Miedo a ser juzgados, al ridículo, a ser rechazados.

En mi caso el miedo era incluso a llegar a clase, a escribir una línea, a leerla en voz alta, a entrar al salón etc. De hecho un simple “hola” me suponía un momento incómodo.

Algunas personas tenemos más exacerbados nuestros miedos; sin embargo, dar el paso a subir a un escenario, supone para todos una experiencia como mínimo retadora.

 

Enfrentar el miedo

Pero pararse frente a un montón de personas a realizar una obra, un monólogo, una presentación, es mucho más que una ocasión para enfrentar el miedo.

Es una experiencia donde escuchar las risas es poesía; sentir un aplauso es más que un bálsamo para el ego, es la señal de que a esas personas les divirtió tanto lo que dijiste, que decidieron regalarle una expresión más grande que su risa. Saber que tienes la atención de muchos pares de ojos sobre ti y un montón de par de oídos escuchándote es un regalo invaluable que el público te ofrece.

Ver entre ese público a tus amigos es un momento sublime donde cada célula de tu cuerpo salta de alegría, mientras tu cerebro te mantiene dentro de los límites prudentes de una sonrisa. Saber que esas personas han decidido desplazarse para ir a verte, incluso cuando ya lo han hecho antes, es una razón para recordar que la vida se nutre de pequeños instantes y maravillosas personas, formando grandes historias.

Desde que el guapísimo presentador pronunció mi nombre, sentí una inyección de adrenalina natural energizando mi cuerpo, poniendo punto final a las voces que minutos antes me decían: “¡qué coño haces aquí!”, y dando paso a esa sensación que indica que llegó el momento y es realmente fantástico.

Tomé el micrófono entre mis manos, un poco torpe, y empecé a soltar mi monólogo… escuchaba mi voz como el sonido del aire de una pelota que se empieza a desinflar, entre bajito y chichón, entre inseguro y rápido como si tuviera prisa por acabar. Pero esos pocos minutos de calentamiento pasaron y de repente me sentí dueña del lugar. El susto inicial se transformó en una avalancha de reacciones internas altamente excitantes.

Una vez terminado el monólogo, esos aplausos finales y alguno que otro silbido se sienten como la champaña en el pódium de una carrera de Fórmula 1. Es un instante gratificante tan corto que podría ser eterno. Sentí que a esa gente que me aplaudió la amaría por el resto de mi vida y podría fundirme con ellos y volverme uno, como el universo jajajajajaja.

Dicen que la felicidad no es estable, que se forma de pequeñas experiencias.

Para mí fue una experienciota y una sensación de felicidad que ni Coelho podría describir.

¡Gracias, Universo PerformArt!

 

Satori Vélez
«Sastoris»